Saberes & Sabores
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La
ciencia de los alimentos ha experimentado en los últimos
años avances importantes, sobre todo, en el ámbito de la
alta cocina. De la mano de la gastronomía molecular, que
combina cuchillos, tenedores y cucharas con pipetas,
tubos de ensayo y termómetros de precisión, los lugares
de trabajo de los grandes cocineros se asemejan cada vez
más a un laboratorio. Pero las "fórmulas científicas" van
más allá. Llegan a ámbitos elementales para explicar
cuáles son los efectos de las microondas en la
preparación de platos, cómo hay que cocinar la carne para
que quede tierna o por qué se corta la mayonesa.
* Autor: Por MARTA CHAVARRÍAS
La gastronomía molecular da respuesta a algunos de los
interrogantes más básicos que se plantean en la cocina:
¿por qué se pasa el arroz?, ¿cuándo ha hervido la pasta
el tiempo justo?, ¿cuál es la temperatura ideal para
servir ciertos alimentos?. La alianza entre cocina y
ciencia, además de aportar información sobre qué ocurre
en el interior de una olla o de una paella, ha dado como
resultado explicaciones que ayudan a entender, entre
otras cosas, cómo funciona el sabor de los alimentos y
qué recursos se pueden utilizar para mejorarlo. La mirada
científica ha demostrado que es preferible salar las
comidas una vez cocinadas porque se genera una mayor
variedad de sabores en el paladar. También ha descubierto
que, a menor temperatura, menor percepción del sabor.
El laboratorio en casa
Todas las personas que cocinan ponen en práctica
fenómenos químicos y físicos
Experimentar, probar y comprender. Cualquier persona que
se ponga delante de los fogones con una sencilla receta
entre manos puede crear nuevas y novedosas texturas.
Hervé This, doctor en Física y Química y uno de los
creadores del desarrollo de la gastronomía molecular,
disciplina acuñada en 1988, ejemplifica la interacción
entre cocina y ciencia con la siguiente afirmación:
"Cualquier plato puede describirse a través de una
fórmula". La esencia de este tipo de cocina está
vinculada a las propiedades físico-químicas de los
alimentos, que se someten a procesos tecnológicos que
consiguen realizar espumas como las mousses o
preparaciones de almíbar. En estos y en otros muchos
casos, cuando se cocina, se estudia a la vez química.
La manipulación de los alimentos y su cocinado son
sinónimos de transformación en la estructura y
composición que se explican a través de la física, la
química o la biología. Con ellas se pueden estudiar las
propiedades y los cambios físicos que se producen con la
energía calorífica (cocer con calor para evitar el
deterioro) o con la aplicación de frío (alargar la
conservación). Debe tenerse en cuenta, sin embargo, que
no todos los alimentos tienen la misma composición, ya
que ésta depende de aspectos como la genética, la
climatología, el tiempo y los métodos de conservación.
Una misma receta puede dar resultados distintos en
función de la composición exacta de los ingredientes y
del grado de frescura de estos.
Cuando se elabora una tortilla de patatas, el proceso
implica un calentamiento de las proteínas, una rotura de
los enlaces que atan las moléculas. Éstas cambian de
estado porque se forman enlaces nuevos más fuertes, lo
que se traduce en un nuevo aspecto de la proteína
(sólido).
Bajo lupa
Al cocinar no sólo se preparan los alimentos para
hacerlos digeribles y "atractivos" a los sentidos, sino
que se rompen sus tejidos, se forman emulsiones, se
activan o desactivan enzimas y se producen reacciones
químicas que se traducen en la formación de nuevas
moléculas.
Algunas de las sustancias utilizadas para la creación de
texturas y sabores particulares son el gelificante agar;
el glutamato, un condimento que incrementa el sabor de la
comida y acorta el tiempo de preparación; la pectina, que
desde hace tiempo se utiliza para espesar la fruta
utilizada en mermeladas; o la xantana, una goma con gran
poder espesante que permite mantener en un líquido
elementos en suspensión sin que se hundan.
Los aditivos que se añaden a los alimentos también
cumplen un propósito tecnológico que debe garantizar que
su uso es seguro y que no implica riesgos para la salud
de las personas. La Agencia Española de Seguridad
Alimentaria y Nutrición (AESAN) recuerda que este tipo de
sustancias están reguladas por ley. Además, el Código
Alimentario Español y las Reglamentaciones
Técnico-Sanitarias fijan condiciones para su uso. Toda
sustancia utilizada en cocina debe formar parte de las
denominadas "Listas positivas", que se actualizan en
función de nuevos cambios y estudios.
LA QUÍMICA DE LOS HUEVOS
- Imagen: Davide Guglielmo -
El huevo ejemplifica los efectos de los distintos
procesos de cocinado sobre los alimentos. Puede adoptar
diferentes texturas y formas en función de las
modificaciones de sus componentes. Los huevos hervidos se
cocinan con cáscara: pasados por agua, mullet o duros. La
diferencia radica en el tiempo de cocción, que oscila
entre tres minutos, cinco y doce, respectivamente. En los
tres casos se produce una pérdida de agua de entre un 25%
y un 50%, aunque el punto de coagulación entre la clara y
la yema es distinto. Si bien la clara "se coagula a unos
57ºC y se solidifica a partir de los 70ºC, la yema
empieza a espesarse a los 65ºC y deja de ser fluida a
partir de los 70ºC", destaca el Instituto del Huevo. El
calor consigue que se pierda la estructura de las
proteínas de la clara y de la yema.
En preparaciones sin cáscara, como el huevo frito,
aumenta la grasa porque se incorpora aceite, aunque se
mantienen la mayor parte de las vitaminas. El proceso al
que se somete es una reacción química por la que las
proteínas se coagulan por el calor y las moléculas se
entrelazan entre sí, es decir, se solidifican. Según la
publicación "El cocinero científico", de Diego Golombek y
Pablo Schwarzbaum, uno de los problemas que surgen a la
hora de elaborar un huevo frito tiene que ver con la "sobrecocción",
que se traduce en la "aparición de bordes requemados" y
"sustancias pegajosas". Evitarlo pasa por controlar el
punto de ebullición del aceite, que suele situarse entre
200 y 400ºC.
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