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Expertos
suizos inician una investigación sobre los efectos
contaminantes del agua como los plaguicidas o varias
sustancias químicas de desecho, su efecto y posterior
tratamiento.
Alrededor de 11.000 nuevas sustancias se registran cada
día en todo el mundo procedentes de productos químicos
industriales, pesticidas, medicamentos, productos de
limpieza o plásticos, entre muchos otros. Prácticamente
todas estas sustancias encuentran su camino en las aguas
naturales, aunque en algunos casos en muy bajas
concentraciones. Sin embargo, todas pueden acabar
formando parte del agua de nuestro grifo, de ahí la
importancia de establecer sistemas de vigilancia que
contribuyan a la evaluación continuada de la seguridad
del agua de consumo humano.
* Autor: Por NATÀLIA GIMFERRER MORATÓ
* Fecha de publicación: 20 de julio de 2009
La contaminación de las aguas puede proceder de fuentes
naturales o de las actividades humanas. Sin duda, la más
importante es la producida por el ser humano. La
industrialización y el desarrollo suponen un mayor uso de
agua, más generación de residuos y mayor uso de medios de
transporte fluviales y marítimos, que son también causa
de contaminación de las aguas. Difícilmente el agua queda
inocua de toxicidad. Por este motivo, los expertos
intentan buscar la mejor y más eficaz solución al
tratamiento de las aguas de consumo.
De acuerdo con esta problemática, el grupo de
investigación del Instituto Federal Suizo de la Ciencia y
Tecnología Acuática (Eawag) ha realizado un estudio
centrado en los efectos de contaminantes del agua, como
son los plaguicidas o varias sustancias químicas de
desecho para evaluar su efecto y su posterior
tratamiento. Si bien la investigación se ha centrado en
los efectos de cada una de las sustancias bajo
condiciones controladas de laboratorio, es evidente que
la situación real en las aguas naturales que consumimos
es mucho más compleja.
Novedades para evaluar el riesgo
Las emisiones de contaminantes pueden evitarse o
reducirse si se aborda el problema en la fase de
producción
Según el estudio, el aumento de la temperatura del agua o
los niveles más altos de radiación ultravioleta asociados
con el cambio climático pueden crear presiones
adicionales para los organismos expuestos a los
contaminantes. En particular, la clásica doctrina de que
los efectos los determina sólo la dosis se ha puesto en
tela de juicio. Un ejemplo de ello es la exposición a los
plaguicidas que, por normal general, fluctúa bruscamente.
Los investigadores de Eawag han demostrado que el
intervalo entre las dos concentraciones máximas es un
factor crucial para determinar si los organismos se dañan
de manera permanente o son capaces de recuperarse.
Si este período es corto, por ejemplo 34 días, el hecho
de recibir una segunda ola de contaminación será más
perjudicial para los organismos que han sido dañados por
una exposición previa. En consecuencia, Eawag ha
desarrollado un modelo que tiene en cuenta estos
resultados y, por lo tanto, mejorar la evaluación de los
riesgos para los productos químicos.
Además, los investigadores de Eawag han demostrado que se
deben tener en cuenta los productos de transformación ya
que pueden ser igual o más nocivos que el propio tóxico.
En un estudio de 37 plaguicidas, el 30% de los productos
de transformación se consideran como tóxicos o incluso
más tóxicos que el propio compuesto.
Mejorar la calidad desde el principio
Las emisiones de contaminantes pueden evitarse o
reducirse si se aborda el problema en la fase de
producción. En general, el tratamiento de aguas
residuales de las plantas especializadas se ha diseñado y
enfocado para eliminar los nutrientes en lugar de las
sustancias químicas, con lo que algunas de estas
sustancias pueden filtrarse en las aguas de consumo y
dañar el organismo. El grupo Eawag ha estudiado la manera
de hacer mucho más eficaz la purificación de las aguas
residuales.
En una experiencia piloto en la planta de Regensdorf (Zurich)
se ha demostrado que la ozonización, alternativa a la
cloración, de aguas residuales elimina en gran medida los
efectos tóxicos de los microcontaminantes. El ozono se
utiliza en el tratamiento del agua desde hace muchos
años, aunque su elevado coste impide su utilización
habitual. Sin embargo, esta tendencia puede cambiar, el
ozono es más potente y de más rápida acción como
desinfectante que el cloro, el dióxido de cloro y las
cloraminas.
¿Qué indica una agua contaminada?
El agua no contaminada suele ser de un color entre
rojizo, pardo, amarillento o verdoso debido,
principalmente, a los compuestos húmicos, férricos o los
pigmentos verdes de las algas que contienen. Por el
contrario, las aguas contaminadas pueden tener diversos
colores, aunque no se pueden establecer relaciones claras
entre el color y el tipo de contaminación. La temperatura
influye de igual manera en el agua: un aumento de ésta
disminuye la solubilidad de gases como el oxígeno y
aumenta la de las sales. Además, aumenta la velocidad de
las reacciones del metabolismo acelerando su
putrefacción. Su temperatura óptima está entre 10 y 14ºC.
Los compuestos químicos presentes en el agua como los
fenoles, hidrocarburos, cloro, materias orgánicas en
descomposición o esencias liberadas por diferentes algas
y hongos, aunque estén en concentraciones muy pequeñas,
suelen dar olores y sabores al agua. Los más apreciables
son el sabor u olor salado, provocado por las sales o el
metálico, responsable de los minerales presentes. Así
pues, consumir agua con sabor o color no es indicador de
calidad.
Las aguas superficiales limpias están saturadas de
oxígeno, lo que es fundamental para la vida animal. Si el
nivel de oxígeno en el agua es bajo indica contaminación,
ya sea por materia orgánica o debido a una mala calidad
del agua. Cuanto más oxígeno, más calidad en el agua. Por
otra parte, los aceites y las grasas procedentes de
restos de alimentos o de procesos industriales no son
nada fáciles de metabolizar por las bacterias, con lo que
quedan flotando y formando películas en el agua. Su
posterior eliminación es muy compleja y genera nuevos
residuos nocivos para la salud. Los fenoles, metabolitos
secundarios, pueden estar en el agua como resultado de
contaminación industrial al reaccionar con el cloro, que
se añade como desinfectante, forman clorofenoles que dan
al agua muy mal olor y sabor. Se trata, pues de un
indicador de agua contaminada.
VIGILANCIA DE LA CALIDAD DE LAS AGUAS DE CONSUMO
La vigilancia es una herramienta que contribuye a la
protección y la evaluación continuada de la seguridad del
agua de consumo humano. Las redes de control de la
calidad son sistemas centrados en vigilar la calidad de
las aguas y el estado ambiental de los ríos. Mediante
estos sistemas se pueden detectar las agresiones que
sufren los ecosistemas fluviales y se recoge información
del tipo ambiental, científico y económico sobre los
recursos hídricos. Evaluar el estado del agua no es
fácil, para determinar su calidad se discute cuáles son
los mejores indicadores que garanticen un óptimo estado
del líquido.
El problema recae en la definición del concepto de
"calidad del agua". Se puede entender la calidad como la
capacidad intrínseca que tiene el agua para responder a
los usos que se podrían obtener de ella. O, como la
define la Directiva Marco de las Aguas, como aquellas
condiciones que deben mantenerse en el agua para que ésta
posea un ecosistema equilibrado y que cumpla unos
determinados Objetivos de Calidad que están fijados en
los Planes Hidrológicos.
En España, esta red de control se denomina Red Integrada
de Calidad de las Aguas (Red ICA). Para saber en qué
condiciones se encuentra un río se analizan tanto los
parámetros físicos como químicos y biológicos,
posteriormente se comparan con unos baremos aceptados
internacionalmente que indican la calidad de ese agua
para los distintos usos, ya sea para consumo, para la
vida de los peces, para baño, actividades recreativas o
industriales.
Los parámetros físicos, químicos y microbiológicos se
muestrean mensualmente, mientras que el estudio biológico
de las riberas y el lecho del río se hace aproximadamente
dos veces al año, en primavera y verano.
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