Saberes & Sabores
La
ausencia de actividad física es considerada un problema
de salud pública. La disminución del trabajo físico, los
cambios de hábito y el estilo de vida sedentario son
factores que resultan perjudiciales para el individuo y
potencialmente costosos para la sociedad, ya que se
acompañan de incremento en la incidencia de las
enfermedades cardiovasculares.
El ejercicio promueve un efecto
beneficioso en la prevención de la cardiopatía isquémica,
la disminución de la mortalidad global y mejora la
calidad de vida; además se ha comprobado que previene
numerosas afecciones y retrasa los efectos negativos del
envejecimiento sobre el aparato cardiovascular.
Se considera que la actividad física inadecuada es un
factor independiente de riesgo de enfermedad coronaria.
Aproximadamente el 12% de la mortalidad total en los
EE.UU. está relacionada con la falta de actividad física
regular, y la inactividad está asociada con un incremento
de al menos el doble del riesgo de un evento coronario.
Se estima que en las 200 000 muertes que se producen por
año, debidas a la cardiopatía isquémica, el cáncer o la
diabetes mellitus tipo 2, existe una fuerte relación con
el sedentarismo. Por el contrario, la actividad física
regular y la buena forma física cardiovascular disminuyen
la mortalidad global.
Ejercicio físico y deporte
La actividad física se define como cualquier movimiento
corporal producido por los músculos esqueléticos, que
tiene como resultado un gasto de energía. El concepto de
ejercicio físico es diferente, ya que es un tipo de
actividad física planificada, estructurada y repetitiva
que tiene como finalidad el mantenimiento o la mejora de
uno o más componentes de la forma física, entendida como
la capacidad de desempeñar una actividad física de
intensidad ligera-moderada sin fatiga excesiva. El
concepto de aptitud física incluye diferentes variables
de aptitud cardiovascular, respiratoria, de composición
corporal, fortaleza y elasticidad muscular y
flexibilidad. El deporte es una actividad física e
intelectual que tiene un componente competitivo y de
espectáculo e involucra un entrenamiento físico. Se
clasifican en aeróbicos, anaeróbicos alácticos,
anaeróbicos lácticos y mixtos.
El fenómeno contráctil es un proceso que requiere
energía, y el adenosintrifosfato es la única fuente
inmediata de energía para la contracción muscular. El
músculo esquelético utiliza 3 fuentes de energía para su
contracción: el sistema anaeróbico aláctico (involucrado
en actividades de duración < 15-30 segundos y elevada
intensidad), el anaeróbico láctico o glucólisis
anaeróbica (ejercicios de máxima intensidad y una
duración de 30-90 segundos) y el sistema aeróbico u
oxidativo (fuente energética de forma predominante
alrededor de los 2 minutos de ejercicio).
Beneficios del ejercicio
La actividad física de tipo aeróbico, cuando es realizada
con asiduidad, produce una serie de adaptaciones de
distinta índole que generan beneficios para la salud. El
entrenamiento propio de los deportes, el ejercicio
dinámico y de resistencia induce adaptaciones
morfológicas y funcionales cardiovasculares: disminución
de la frecuencia cardíaca, aumento del volumen de las
cavidades y del grosor de los espesores parietales,
incremento del volumen sistólico y aumento de la densidad
capilar miocárdica y de su capacidad de dilatación. En
estudios realizados en deportistas de diferentes
especialidades se demostró el concepto de un único tipo
de hipertrofia, y se halló mayor incremento de la masa
ventricular izquierda en los deportes de resistencia que
en los de potencia.
En diversos estudios se han descrito adaptaciones en las
arterias coronarias en relación con la hipertrofia
fisiológica. Se han encontrado adaptaciones estructurales
y metabólicas, aumento en la densidad capilar
proporcional al engrosamiento de la pared del miocardio,
aumento del calibre de los vasos coronarios,
especialmente de su capacidad de vasodilatación, y
aumento de la permeabilidad capilar. Estas adaptaciones
surgen para mantener una adecuada perfusión miocárdica
durante la práctica del ejercicio físico, con el objetivo
de facilitar el aporte sanguíneo al músculo cardíaco.
En pacientes con enfermedad coronaria, el entrenamiento
físico mejora la función endotelial de los vasos
coronarios epicárdicos y los vasos de resistencia. Las
sesiones cortas, repetitivas, de ejercicio intenso
mejoran la vasodilatación dependiente del endotelio en 4
semanas y, por otro lado, el ejercicio aeróbico regular
previene la pérdida de la vasodilatación relacionada con
la edad y la normaliza en varones de mediana edad o
ancianos previamente sedentarios. El ejercicio favorece
la producción de citoquinas protectoras contra la
aterosclerosis. En pacientes con cardiopatía isquémica,
el entrenamiento mejora la autonomía, reflejada en el
aumento de la sensibilidad en los barorreceptores y la
variabilidad de la frecuencia cardíaca. El ejercicio
moderado mejora la función normal de los linfocitos T y B
circulantes, monocitos y macrófagos, por lo tanto podría
disminuir la incidencia de infecciones y de algunas
neoplasias.
En relación con su acción sobre el aparato
cardiovascular, diferentes estudios han mostrado una
relación inversa entre ejercicio habitual y riesgo de
enfermedad coronaria, eventos cardíacos y muerte. El
ejercicio produce efectos beneficiosos sobre el perfil
lipídico (reduce de las lipoproteínas de baja densidad y
los triglicéridos, y aumenta las lipoproteínas de alta
densidad), la composición corporal, la capacidad aeróbica
y la hemostasia; por estas razones disminuye el riesgo de
trombosis. Además, mejora la sensibilidad a la insulina y
previene la aparición de diabetes mellitus tipo 2 en
pacientes de alto riesgo. En personas ancianas mejora su
estado funcional y su autonomía, previene o retrasa el
deterioro cognitivo y disminuye la incidencia de
enfermedad de Alzheimer.
Riesgos del ejercicio
Existen varios efectos adversos del ejercicio, al margen
de las lesiones osteomusculares, dentro de los
cardiovasculares se incluyen las arritmias, la muerte
súbita o el infarto de miocardio, y otros musculares como
la rabdomiólisis. Durante la realización de un ejercicio
intenso se produce aumento transitorio del riesgo de
muerte súbita, incluso en varones sanos; sin embargo, el
riesgo absoluto durante un episodio aislado de ejercicio
es muy bajo. Entre los mecanismos postulados se destacan
las arritmias, especialmente taquicardia o fibrilación
ventricular, y la isquemia coronaria aguda secundaria a
rotura de la placa y la trombosis coronaria. El espasmo
coronario también ha sido descrito como mecanismo causal
de enfermedad de las arterias coronarias. Sin embargo, el
ejercicio regular moderado o intenso tiene un efecto
atenuante del riesgo de arritmias auriculares y
ventriculares durante una sesión de ejercicio intenso, en
parte por la mejora del aporte de O2 miocárdico y la
reducción del tono simpático. Por otro lado, durante la
realización de una actividad física extenuante aumenta
temporalmente el riesgo de un infarto agudo de miocardio,
especialmente para quienes no realizan ejercicio de
manera regular. Finalmente, pese a que el ejercicio
intenso se asocia con múltiples efectos perjudiciales
(crisis de broncoconstricción, hipertermia o hipotermia,
deshidratación, urticaria e incluso anafilaxia), los
efectos beneficiosos del ejercicio regular superan estos
riesgos.
Pautas y recomendaciones de actividad física
Ejercicio e hipertensión arterial
En los pacientes hipertensos, el VO2máx alcanzado durante
una prueba de esfuerzo tiene significación pronóstica.
Las cifras bajas de VO2máx se asocian de forma
significativa e independiente con mayor incidencia de
eventos cardiovasculares y mortalidad total en pacientes
con hipertensión arterial (HTA), por lo que el efecto
beneficioso del ejercicio va más allá de la simple
disminución de las cifras de presión arterial. Los
programas de ejercicio con actividades de alto componente
dinámico previenen la aparición de HTA o reducen la
presión sanguínea en adultos con presión arterial normal
o HTA. Sin embargo, el efecto de la actividad física en
la presión arterial es más acentuado en los pacientes
hipertensos, y se reduce una media de 6-7 mm Hg en la
presión arterial sistólica y la diastólica, frente a 3 mm
Hg en los individuos normotensos. Respecto de las
características del programa de entrenamiento, parece que
todos los tipos de ejercicio, incluidos los ciclos con
pesas, disminuyen los valores de presión arterial en
pacientes hipertensos. Hasta el momento no parece que
haya acuerdo sobre la intensidad de ejercicio más
adecuada, aunque los de intensidad moderada producen
disminuciones similares o incluso superiores a las
producidas por los de gran intensidad. La mayor parte de
los autores acuerdan sobre la eficacia de programas que
incluyan actividades aeróbicas como caminar, trotar o
correr, nadar, montar en bicicleta o bailar a una
intensidad moderada, con una duración por sesión de 30-45
minutos y al menos 4-5 días por semana. Los programas de
entrenamiento mixtos que incluyen tanto ejercicios de
resistencia como de fuerza, además de asegurar el efecto
antihipertensivo deseado, favorecen que el entrenamiento
resulte más ameno y disminuyen los abandonos.
Ejercicio e hipercolesterolemia
La respuesta de los lípidos al ejercicio aeróbico en
varones no entrenados parece ser independiente de los
valores previos de colesterol y puede deberse, en parte,
al aumento de la actividad de la lipoproteinlipasa.
Inmediatamente después de una sesión de ejercicio
aeróbico a una intensidad equivalente al 70% de su
consumo máximo de oxígeno, se produce una reducción del
colesterol total y el asociado a las lipoproteínas de
baja densidad (LDL), que vuelven a concentraciones
basales a las 24 horas. La reducción de la concentración
sérica de triglicéridos y el incremento de las fracciones
HDL-C y HDL3-C, al igual que el aumento de actividad de
la lipoproteinlipasa, se mantienen elevadas durante más
tiempo (al menos 48 horas).
En relación con la edad, para obtener mejoras en la
lipemia, los ancianos requieren programas de ejercicio
más prolongados que los de los jóvenes.
Con respecto al sexo, los triglicéridos no difieren en su
respuesta al ejercicio en ambos sexos, pero el colesterol
asociado a lipoproteínas de alta densidad (HDLc) presenta
una respuesta más atenuada en mujeres. Es un hecho que
los deportistas presentan concentraciones de HDL más
altas y de LDL inferiores a las observadas en individuos
con un estilo de vida sedentario; sin embargo, la
intensidad a la que se debe realizar un programa de
ejercicio para obtener beneficios en el perfil lipídico
es un parámetro todavía sin establecer. En poblaciones
jóvenes, períodos de 6-12 meses son suficientes para
lograr incrementos en el HDLc, pero en los adultos de 50
años o más, deben ser más prolongados, de al menos 2
años, para lograr las adaptaciones del metabolismo
lipídico, aunque desde el inicio de un programa de
ejercicio regular muestren una mejoría del estado físico
y pequeñas modificaciones en las cifras de HDLc.
Ejercicio y obesidad
El beneficio cardiovascular que se obtiene al incrementar
la actividad física es superior al del control de la
dieta para reducir peso. El entrenamiento físico asociado
a dieta hipocalórica reduce el peso corporal,
preferentemente el porcentaje de peso graso, al
incrementar el gasto energético y los índices metabólicos
en reposo. La reducción del peso se asocia con mejoría en
la resistencia a la insulina, los marcadores
inflamatorios como la proteína C reactiva, la presión
arterial diastólica y sistólica y el perfil lipídico.
Además, la actividad física también puede contrarrestar
el aumento de masa grasa que se produce con la edad. Sin
embargo, hay que tener en cuenta que, para que se pierda
una cantidad significativa de grasa, se requiere un
programa de entrenamiento de al menos 20 minutos por día,
3 días a la semana, con intensidad y duración suficientes
para quemar 300 kcal por sesión. Las actividades
aeróbicas (caminar, correr, montar en bicicleta) son las
más aconsejadas y todas reducen por igual la grasa
corporal, mientras que las actividades anaeróbicas
aumentan la masa muscular pero tienen menos efecto sobre
la cantidad de grasa.
Ejercicio y diabetes mellitus tipo 2
Los efectos del ejercicio aeróbico en el control de la
glucemia son dispares y parece que sólo ciertos subgrupos
se benefician, como los pacientes con diabetes mellitus
tipo 2 tratados con dieta y con buen control de la
glucemia. El beneficio consiste en una pérdida de casi el
50% de la grasa abdominal y un incremento del 23% en la
masa muscular, con un descenso significativo de los
valores de hemoglobina glicosilada y un aumento de la
sensibilidad a la insulina. Para que un programa de
entrenamiento en pacientes diabéticos tipo 2 resulte
eficaz, debe incluir ejercicio de moderada intensidad
dinámica y alto grado de entrenamiento de fuerza, de tal
manera que se obtenga una mejoría en la capacidad
cardiorrespiratoria, la fuerza muscular y los diferentes
parámetros fisiológicos y bioquímicos.
Conclusiones
El balance entre riesgos y beneficios de la práctica de
actividad física se inclina de manera clara hacia los
beneficios, sobre todo cuando la práctica es regular,
aunque aparentemente existiría un umbral de gasto
energético semanal mínimo para disminuir el riesgo
cardiovascular.
Las actividades físicas de moderada a alta intensidad,
con un consumo mayor o igual a 1 000 kcal por semana, son
las que muestran mayor beneficio. Por el contrario, el
sedentarismo en relación con la cardiopatía isquémica
presenta un riesgo superior al de la dislipidemia y la
hipertensión, y únicamente es superado por el tabaquismo.
En consecuencia, el ejercicio debe ser considerado como
la piedra angular en la que deben basarse las
modificaciones del estilo de vida para la prevención de
la enfermedad cardiovascular.
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