Saberes & Sabores
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Sustituir
la sartén por el horno, utilizar el microondas para
cocinar y hacer más sencillas las ensaladas permite
ahorrar muchas calorías en cada comida.
Terminan las vacaciones, quedan el moreno y los
recuerdos. Pero, en muchos de nosotros quedan también
unos kilitos de más ganados a base de despreocupación,
ocio y felicidad; y un estómago quejica que exige
atención: estas últimas semanas le hemos hecho trabajar
no sólo más de lo habitual, sino también de lo
conveniente. Por eso hay que seguir una serie de medidas,
sencillas, realistas y factibles, para atender sin
dilación a estos dos frentes. Es decir, bajar esos kilos
que en vacaciones distraídamente hemos incorporado a
nuestro organismo y conseguir que el estómago y sus
digestiones vuelvan a donde solían. Se trata de
alimentarse mejor, de un modo más saludable. Pero también
de comer un poco menos; o, al menos, de una manera más
ordenada y consciente. ¿Cómo lograrlo? Aprendiendo a
confeccionar platos con menos calorías, sin renunciar por
ello al sabor de los alimentos ni a la variedad en los
menús.
Comer sano no equivale a comer de forma monótona o poco
atractiva, ni -menos aún- equivale a limitarnos a ingerir
alimentos light . Consiste en adaptar recetas y
procedimientos culinarios tradicionales o habituales,
desde guisos, ensaladas, purés, y carnes, hasta pescados
y postres, con el fin de hacerlos menos calóricos y más
digestivos. No es tarea fácil: requiere esfuerzo y cierta
dedicación, e incluso, en algunos casos, exige el cambio
de ciertos hábitos culinarios. Pero puede hacerse, la
comida va a seguir siendo sabrosa y apetecible y la
recompensa merece la pena: perderemos un poco de peso y
las digestiones serán menos pesadas.
Los tres factores que se articularán para trasladar a
nuestra vida cotidiana esta nueva estrategia son el tipo
de alimento, la técnica culinaria elegida y los
condimentos que se sirven como acompañamiento o
guarnición. Son ellos, los tres, los responsables de que
las recetas pierdan su inicial carácter saludable y se
conviertan en platos con cantidades desproporcionadas de
calorías, grasas, grasas saturadas, sal o azúcares. Las
medidas que se ofrecen a continuación permiten en muchos
casos eliminar cien o más calorías por plato, con lo que
queda dicho todo.
Adiós a las frituras, saludos al horno
El horno permite un acabado similar al de la sartén sin
las calorías que aporta freír los alimentos
La cocina sana pasa por el esmero en la selección de los
alimentos y por aprovechar la estacionalidad de verduras,
hortalizas, frutas y pescados de cada temporada, y no
sólo porque en general son los más económicos, sino
porque son más sabrosos. Pero también exige cierta
habilidad gastronómica: el afán de elaborar recetas más
ligeras y menos energéticas no debe llevarnos a abusar de
la plancha y el hervido. Son muchas las prácticas
culinarias que apenas requieren grasa o salsas
contundentes y que permiten elaborar platos ligeros,
deliciosos y exquisitos en su presentación. El horno, sin
ir más lejos, consigue un acabado similar al de la sartén
pero evita las calorías que aporta freír los alimentos.
La técnica tradicional del empanado de la carne o del
enharinado del pescado, tan arraigada en nuestra cocina,
aumenta de manera considerable el aporte energético del
plato. Con el horno se consigue una receta menos calórica
e igual de crujiente, si que la carne o pescado se cubren
de pan rallado o se pinten con huevo batido. Este truco
sirve también para evitar el queso de gratinar, en exceso
graso y calórico. Un plato original para sacar partido al
horno: calabaza, cebolla, tomate y champiñones asados al
horno y aliñados con una salsa de queso, media
cucharadita de aceite de oliva y mostaza; aporta 255
calorías por ración, cien menos que si estos alimentos se
saltearan en la sartén.
Microondas y papillote, sabor sin apenas grasa añadida
Ambas son técnicas culinarias saludables, y apropiadas
para cocinar carnes cortadas en tiras o pequeñas
porciones de pescado, hortalizas carnosas como el
calabacín, la berenjena, la calabaza, los champiñones o
las setas; además, pueden también hacerse en el
microondas y en papillote (envolver los alimentos en
papel de aluminio y hornearlos), la patata u otros
tubérculos como la yuca o el boniato. Aunque la función
más utilizada del microondas es calentar y descongelar
alimentos y platos ya cocinados, las ondas que emite este
electrodoméstico actúan sobre las moléculas de agua del
alimento generando al instante un calor que se propaga
mediante conducción y lo termina cociendo. El valor
nutritivo del alimento cocinado en microondas queda
intacto, y conseguimos evitar (o reducir) las grasas que
otras técnicas requieren.
Al igual que el microondas, el papillote exige poca
preparación y escaso tiempo de cocción. Esta modalidad
requiere que el alimento se envuelva en papel de horno,
de aluminio o de estraza y se cocine dentro del horno a
temperatura media. El alimento se cuece con el vapor que
desprende y con su propio jugo, conservando todo su
sabor, aroma y nutrientes, sin necesidad de añadir apenas
grasas. Es un tipo de cocción muy adecuado para quienes
siguen dietas hipocalóricas, bajas en calorías. Los
alimentos más apropiados para hacerse papillote son las
verduras de sabor pronunciado, como brécol o coliflor, y
pescados como salmón, filetes de lenguado, merluza limpia
de espinas y piel, trucha e, incluso, marisco como los
mejillones; y carnes blancas, como pollo y pavo.
ENSALADAS: SIEMPRE SALUDABLES, PERO CON MATICES
La ensalada es un plato indispensable en cualquier dieta
y, también en cualquier plan de adelgazamiento. Casi
siempre son saludables, pues son más sus virtudes que sus
defectos, aunque hay que cuidar ciertos componentes que
las hacen poco recomendables en determinadas
circunstancias. El primero es evitar que se conviertan en
norma las ensaladas demasiado grasas y calóricas, porque
el plato pierde su razón ser, siempre que no se convierta
en plato único. Aceitunas, uvas pasas, huevo, queso,
bacon, jamón, mayonesa, aguacate y otros ingredientes
aportan muchas calorías, y hay que tenerlo en cuenta. Por
otra parte, el consumo demasiado frecuente de ensaladas
puede descompensar, por exceso, el aporte de fibra de la
dieta.
El efecto positivo de la fibra por su papel de regulador
del tránsito intestinal y por ayudar a eliminar toxinas e
impurezas, puede convertirse en problema si se abusa de
su ingesta. Los incómodos gases y la hinchazón del
vientre, en ocasiones acompañados de dolor, evidencian
que el metabolismo es incapaz de procesar tanta fibra
ingerida. Se puede compensar el elevado aporte de fibra
si se combinan las ensaladas con alimentos con menos
fibra, como la patata, la pasta, el arroz o el cuscús. El
plato queda completo y sigue resultando saciante. Quienes
sientan con frecuencia el vientre hinchado después de
comer pueden probar a prescindir de la lechuga y otros
vegetales de hoja en la ensalada, sobre todo, en las
cenas. Su alto contenido en fibra insoluble es lo que
produce la hinchazón abdominal.
Compruebe si le afecta, y, si es así, elimine durante dos
semanas la lechuga: notará un vientre más plano. Utilice
otros vegetales para las ensaladas: zanahoria,
germinados, maíz, remolacha, rabanitos. Las verduras de
hoja verde, como brócoli, repollo, lechuga y espinacas,
aportan filoquinona, fuente principal de vitamina K, que
participa de manera directa en la coagulación de la
sangre, pero quienes toman medicamentos para regular la
coagulación sanguínea, como el conocido Sintron, deben
controlar el consumo de estas verduras de hoja verde.
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