Las
patatas se reconocen como alimento para el ser humano
desde tiempos inmemoriales, cuando estos tubérculos
suponían el sustento de la dieta básica diaria. Se
describen como nutritivos por su contribución de hidratos
de carbono (almidón), potasio, magnesio, vitamina A y
compuestos antioxidantes, entre otros componentes.
Pero sólo una de cada cuatro patatas cultivadas en Europa
se usa como alimento directo para las personas. Casi la
mitad de la producción se destina a la nutrición animal y
la cuarta parte restante, a subproductos con fines
tecnológicos para distintas industrias, como el alcohol y
el almidón.
Europa es un importante productor de almidón de patata.
La industria alimentaria utiliza esta materia prima como
aditivo espesante en pasteles, golosinas, sopas o masas.
Está formado por dos componentes: amilosa y amilopectina.
La mayor concentración de uno u otro explica las
diferentes propiedades funcionales y bromatológicas. En
la patata, el almidón es abundante, sobre todo, en
amilopectina, un aspecto que sumado a su escaso contenido
de grasa y proteínas otorga unas propiedades espesantes
excelentes.
El escaso contenido en amilosa (la media es del 20%)
limita su uso en muchas aplicaciones industriales.
Fernando Alonso Arce, experto del Centro de Control de la
Patata de Siembra de Castilla y León (Burgos), explica
que la separación de los dos componentes "no es rentable
desde el punto de vista económico y, por eso, la mayoría
del almidón industrial se modifica químicamente en una
primera fase, antes de su uso". Este tratamiento utiliza
energía y agua, que aumenta los costes económicos y
medioambientales del almidón.
Por este motivo, se trabaja en el diseño de patatas
modificadas genéticamente que contengan un almidón más
resistente. Esto permite una mejor y mayor utilización en
diversidad de industrias distintas a la alimentaria
(farmacéutica, textil, maderera y del papel) y para fines
como la transformación en adhesivos, embalajes,
aglutinantes, lubricantes y rellenos e, incluso, como
sustituto del plástico poliestireno para la fabricación
de platos, bolsas y cubiertos desechables.
Modificación genética
Algunas características nutricionales de la patata pueden
manipularse a través del cruzamiento tradicional y la
ingeniería
En el pasado, la mejora genética a través de cruces entre
variedades de patatas se enfocó al incremento del
rendimiento de la producción, lo cual se tradujo en más
toneladas por hectárea sembrada y en el desarrollo de
variedades resistentes a plagas y a enfermedades
(escarabajo de la patata, nematodo, mildiu...). En la
actualidad, a estas mejoras genéticas se une la mejora de
la calidad nutricional de las patatas.
Se ha comprobado que algunas características
nutricionales pueden manipularse a través del cruzamiento
tradicional y la ingeniería, aunque su éxito dependerá de
la legalización de estas prácticas de producción, todavía
en estudio por parte de la Agencia Europea de Seguridad
Alimentaria (EFSA), y en especial de la aceptación de los
consumidores.
Los programas de investigación se centran en estudiar la
mejora de la calidad de la proteína mediante el aumento
de aminoácidos esenciales, ya que la patata tiene una
proteína de baja calidad en comparación con otros
vegetales, como leguminosas y cereales; el incremento de
la concentración de vitamina A en todas las variedades,
puesto que sólo es abundante en las de color de carne
amarillenta o rojiza; y el aumento de los niveles de
polifenoles y otros antioxidantes. Investigadores del
Scottish Crop Research Institute del Reino Unido han
desarrollado para su estudio una variedad de patata
transgénica cuyos tubérculos son ricos en isoprenoides,
un tipo de carotenoides con actividad precursora de la
vitamina A.
Patata con menor índice glicémico
También se trabaja en modificar la composición química
para que resulte menos grasa cuando se fríe o para
reducir su índice glicémico de manera que el consumo sea
más saludable. Este índice es una clasificación de los
carbohidratos de los alimentos basado en su efecto
inmediato sobre la glucosa en la sangre (glucemia). La
patata se ha clasificado entre los alimentos con alto
índice glicémico. Es un tubérculo de consumo universal
que aporta gran parte de las calorías y de los
carbohidratos de la dieta de millones de personas.
Los estudios sugieren que el mayor consumo de alimentos
de alto índice glicémico (IG) contribuye al desarrollo de
resistencia a la insulina, diabetes tipo II y obesidad.
No obstante, el impacto del consumo de patata sobre la
glicemia tiene sus limitaciones ya que depende de
múltiples variables tanto endógenas (del organismo del
propio individuo) como exógenas (consumo aislado o
combinado con otros alimentos, tipo y tiempo de cocción
de la patata, tiempo de almacenamiento, contenido en
azúcares y en almidón). Otras líneas de investigación se
centran en eliminar los alcaloides, compuestos
indeseables que produce el tubérculo de la patata de
manera natural.
La textura de los alimentos juega un papel clave en su
aceptación y gusto para el paladar. En el caso de las
patatas, el almidón es el factor más importante en este
sentido. Determina cómo se comportan las distintas
variedades en la cocina. Una patata con alto contenido en
almidón se caracteriza por una textura seca y harinosa
que favorece que se desintegre durante la cocción.
Esto explica que se sugieran distintos tipos de patata
según el uso culinario. Si se van a hervir o cocer,
conviene elegir patatas tempranas, de carne compacta y
harinosa, como la Jaerla, ya que mantienen su forma tras
la cocción. Para asar y guisar, las idóneas son las de
carne tierna que absorben mejor los sabores, como la
Kennebec. Para elaborar purés, es preferible optar por la
Monalisa, de carne tierna y harinosa. Para freír, se
recomiendan variedades tardías, como la Bintje, que
maduran durante más tiempo y contienen menos agua.